martes

18

September

2018


Actualidad, Arte y Cultura, Bandas, Artístas y Djs

Alexánder Barreto forma parte de nuestro “Dirty dancing”

Alexánder Barreto forma parte de nuestro “Dirty dancing”

Pequeños bombillos amarillos iluminan las escaleras de madera que conducen a Sin Visa, centro cultural que funciona en el segundo piso de una casa en Chapinero. Este es el centro de operaciones de la academia Son de Habana, punto de encuentro para profesionales o aficionados del baile; espacio de cuerpos sudorosos que a fuerza de contoneos y movimientos calculados intentan llevar el ritmo de músicas caribeñas con cierta soltura y aparente improvisación.

A través de los parlantes fluye el sonido de timbales, piano, maracas y la voz de los Boogaloo Assassins. No es Los Ángeles o Nueva York, pero este ambiente de años 60 y 70 –época en que los barrios latinos del país del norte se alzaban a ritmo de salsa– es el preludio que evidencia que comenzará la clase de Alexánder Barreto. El aire huele a capuchino con amaretto, en buena compañía y con un poco más de dinero en el bolsillo caería bien pedir un Ron Havana Club. El lugar es abierto, hay dos ambientes: en uno de ellos hay mesas tenuemente iluminadas por lámparas de metal; en el otro hay un salón vacío con tres espejos de techo a piso, que en breve servirá de escenario para comenzar con la clase de baile.

Suena el motor de una motocicleta, Alexánder se baja de ella y se quita el casco; es alto, trigueño y de cabello oscuro. Saluda a quienes encuentra camino al salón de baile. Los hombres y mujeres que permanecían sentados en las mesas absortos en sus celulares lo ven y comienzan a prepararse; se quitan las capas de ropa que los mantenía calientes, ocultos.

El café academia funciona desde 2014, dirigido por el bailarín Alexánder Barreto y el arquitecto Pedro Mora. “Después de trabajar en cinco escuelas distintas fundé Son de Habana como un proyecto personal. La academia la empecé pero no funcionó, me tocó cerrar. Un año más tarde me asocie para fundar lo que hoy es Sin Visa, que agrupa varias actividades artísticas y culturales”, rememora Alexánder.

Comienza la transformación del lugar y un hombre a mi lado no puede evitar acompañar con su tarareo la canción que ahora suena en la voz de Compay Segundo:

“... estoy tan enamorado de la negra Tomasa/ que cuando se va de casa/ triste me pongo...”.

“Buenas noches y bienvenidos a mi clase”, anuncia Alexánder Barreto al grupo de estudiantes de hoy.

Libres de la cantidad de ropa que los protegían, los alumnos comienzan a soltar sus cuerpos expulsando el letargo en el que estaban sumidos hace solo unos minutos. Lo hacen como quien intenta quitarse de encima un peso muerto; parecen monos, imitándose unos a otros con manos y pies.

La cadencia de caderas está acompasada por son y guaracha. Uno a uno el bailarín va enseñando los pasos de “Casino”, baile de salón creado por el pueblo cubano en La Habana, a finales de los 50. Su nombre se debe al Club Casino Deportivo de la capital cubana, escenario donde se danzaba chachachá y son montuno. Desplazamientos a izquierda, derecha, adelante y atrás. El cuerpo puede ser un instrumento de sensaciones y movimientos, bailar es un momento donde sale la rigidez para el encuentro con un placer oculto, el de conocer lo que se puede hacer con él.

Ahora suena Guararé de Ray Barreto, cuya melodía pareciera tener una conexión directa que obligara el movimiento de hombros y caderas, inevitablemente se mueven las mías. Son las 6:29 de la tarde pero no hay frío. En los rostros de los que bailan ya se asoma incipiente el brillo del sudor. En medio del ruido de una ciudad que parece hostil, hay pequeños lugares como estos, en donde bailar es la distracción.

“Si bailar fuera fácil cualquiera lo haría”, desafía Alexander.

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Alexánder Barreto es serio, delgado, de mirada a veces perdida. Me acerco a su vida de manera sigilosa para no asustar. Es líquido, no lo alcanzo, se esfuma. Trabaja en todos lados y a la vez no lo veo en ninguno. Cinco lugares distintos a los que se dirige en los diferentes días de la semana, como actor-bailarín-profesor-director. Es constante en el rebusque de academias, contactos, alumnos y nuevas ideas para gestionar. Es apasionado por el arte, se aparece ante mí como un prisma difícil de descifrar.

—Tomé la decisión de vivir del baile y el teatro porque básicamente me hace feliz y uno de los principios que rigen mi vida es ser feliz. Desde que tenía 12 años he bailado. Siempre quise hacer cosas de arte, pero no tuve la oportunidad sino después de entrar a la adolescencia.

—¿Y cuándo decidió ser bailarín qué le dijo su familia?

—Cuando decidí ser bailarín me apoyaron porque vieron que tenía condiciones para el baile. Pero desde muy niño me tocó ser responsable de mi propia vida, manejar mi economía y responder por mí mismo, entonces tuve que contarles mucho o saber si estaban de acuerdo o no, sino seguir adelante con el proyecto que se tenía, independientemente de que lo estuvieran o no.

Fragmentos, retazos, paredes. No presiono, es lo que me muestra, es lo que obtengo de este bailarín de salsa que tiene claro que para vivir, nunca se puede quedar quieto. Para ser conocido en el gremio debe asociarse, estudiar y ser estudiado, sacar ideas nuevas, generar trabajos, estar en ensayos, obras o publicaciones. Debe trabajar para encontrar nuevas técnicas, fusionar un estilo propio codeándose con la competencia, luchar con la edad, el peso y hasta con el fantasma de las lesiones. Cuando un bailarín salta y siente la euforia del escenario, desafía la gravedad, siente la magia, la levedad de su organismo. Pero una mala caída puede acabar no solo con el sueño de su carrera sino con su sustento económico. Más de 20 traumatismos en tobillo y pie ponen en peligro la vigencia de los artistas de la danza, al menos como protagonistas en las tablas.

Para un bailarín, con el dolor corporal llega la herida emocional, el vacío físico y la flacidez del bolsillo. Entra la crisis, el miedo y sale el deseo bohemio de ser artífices, creadores de lenguajes vitales. Se convierte la mente en el enemigo egoísta que muestra como espejos empañados los logros del pasado y las frustraciones de las imaginaciones presentes. Sí, se puede vivir del baile, pero no solo como aquella figura armoniosa que danza. Se tiene que invertir en la preparación para desarrollar otros proyectos cuando se han de colgar las zapatillas.

“Si me tocara dejar de bailar –dice Alexander con esperanza– existen otras actividades como gestión cultural, dirección de proyectos, dramaturgia, hay muchas cosas por hacer”, enumera. No hay derrotismo en sus palabras.

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Barreto es impulsor de un proyecto que está en el mundo donde lo especial trasciende un cromosoma extra. Una de las frases de la Corporación Síndrome de Down es: “soy capaz si eres capaz de confiar en mi”. Aquí hay vestidos de baile, brillantes e hilos de colores. Alexander cumplirá cuatro años de haber iniciado el grupo Batá, donde les enseña a jóvenes de esta Corporación a conocer su cuerpo y sus capacidades desde el baile para concursar, incluirlos en el arte, desarrollar sus habilidades artísticas.

—¿Cómo es trabajar con jóvenes con este síndrome?

—Con ellos se aprenden cosas que no son de arte, son cosas de la vida, como ellos la ven. Viven el momento presente, no guardan rencores a menos que se los infundan. Irradian felicidad. Si tienen tristeza lo hacen saber. Celebran cada cosa que pasa.

Sus palabras se confirman ante mí cuando lo veo posar y sonreír con sus alumnos en fotos del festival “Bogotá en su salsa”, allí fueron admirados, aplaudidos, ovacionados.

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Alexánder Barreto sabe que para ser un bailarín vigente debe competir en cuanta oportunidad salga y que como maestro debe impulsar a su pareja y alumnos. Es por eso que se encuentra en la inauguración del festival organizado por la academia Esfera Latina. La letra de la canción que sale de los parlantes, lleva el mismo nombre del evento: “Punta’l Pie”, es perfecta para la ocasión:  “Dime si llegué a tiempo para la rumba/pues tengo ganas de bailar y echar un pie/ tan solo quiero que cuando cante, bailen/ y que bailen todos con la punta del pie”.

A esta fiesta de viernes le han llamado “noche social”, un evento de esparcimiento y relajación para los bailarines que se presentarán en competencia al día siguiente.

Alexánder no competirá pero estará ahí para apoyar a Susana, su novia y compañera de baile desde hace dos años, que hará parte del espectáculo. Ella es amante del arte y esposa de la danza. Su lejano acento paisa, acompaña una expresiva sonrisa y su encendido pelo rojizo. “Escoger una pareja de baile es difícil porque es una pareja de vida, es como el novio de la danza. Los dos tienen que estar comprometidos hacia una meta y trabajar en conjunto”, dice esta bailarina experta.

Toca la orquesta, prenden el ambiente con la deliciosa salsa cubana, latina y la bachata dominicana. Hombres y mujeres están vestidos de blanco o rojo, como haciendo una oda a la sensación de libertad de la expresión corporal, y la sensualidad que genera la adrenalina de un subidón de temperatura colectiva.

Con las luces, el humo y la música en vivo parece cualquier fiesta, pero los que bailan no pueden separar de su cuerpo la técnica y la coreografía. Ni en momentos de relajación pueden alejarse de esos movimientos gráciles que diferencian a un aficionado que sale a rumbear, de un profesional que respira música y exhala baile. Sus cuerpos se mueven, todos sonríen, algunos se besan, otros se apechichan; hay calor, sudor, luces de colores. Es un festín de movimientos, hambre estimulada por un banquete de brazos que se estiran y piernas que se entrecruzan. En este festival –uno de los más importantes de la salsa en Bogotá– se unen más de 100 bailarines en torno a la magia de las tablas, y de la belleza estética del escenario.

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Me imagino estando en el inventado reino del poeta libanés Gibran Khalil Gibran en su cuento “La Bailarina”, en presencia de la siguiente escena:

“Una bailarina se presentó ante el príncipe de Birkaska. A ritmo de laúd, flauta y cítara, bailó la danza de las llamas, espadas y lanzas; las estrellas y el espacio. Luego se detuvo ante el trono del príncipe y dobló su cuerpo ante él. El príncipe le pidió que se acercara diciendo: hermosa mujer, ¿desde cuándo existe tu arte?, ¿cómo dominas todos los elementos con tus ritmos y canciones? Y la bailarina, inclinándose nuevamente dijo: poderosa majestad, desconozco la respuesta. Sólo esto sé: el alma del filósofo habita en su cabeza; el alma del poeta en su corazón; mas, el alma de la bailarina late en todo su cuerpo”.

Así funciona, late como la naturaleza; cuerpo y alma uniéndose para formar sensaciones, generar conexiones, comunicar mundos interiores con los semejantes. Gestos y señas que unen la emocionalidad y los sentimientos con la esencia humana. El baile usa el cuerpo para coreografiar lo fundamental, celebrar vida y muerte, alegría y dolor, deseo y necesidad. Ese relato habla de algo místico, de esa inquietud histórica de algunas culturas por conectarse con lo que no se ve, con los regímenes de la naturaleza.

“Existen danzas que buscan hacer llover, celebrar una cosecha o asegurar la mejor experiencia en el tránsito a la muerte; sin embargo, no todos bailamos, la danza no es universal, lo que es baile para unos no lo es para otros”, afirma la bailarina y antropóloga Paola Cháves. Las formas de uso del cuerpo en movimiento son indecorosamente amplias, son fuente de conocimiento pues dejan en evidencia la intimidad de las culturas y la idiosincrasia. “Un baile folclórico encarna posturas sociales frente a lo femenino y masculino, o una danza contemporánea que trae significados sobre la experimentación y apertura de una cultura frente al cuerpo”, añade Chávez.

Movimiento es: conexión física, entrega emocional que desencadena la conciencia de andar por el mundo, sensibilidad del contacto. Por eso algo de seducción hay en el baile; cuerpos rozándose, alientos cercanos y miras penetrantes entre dos seres que se acompasan. Esto se ve en el ritual de cortejo del ave Fusil Magnífica, donde el macho danza y exhibe sus plumajes ante la hembra, quien elige aparearse con el más extravagante en su performance. O también en musicales donde los protagonistas, como en Dirty Dancing, se enamoran al ritmo del tema Time of my life.

Esto también les pasó a Susana y Alexánder, se vieron envueltos en la química que surgió más allá de lo profesional. La bailarina pelirroja se enamoró del artista perseverante, del hombre con quién comparte ideales y sueños. Los unió el trabajo, los enamoró el baile; se conocieron cuando la paisa fue por primera vez a Son de Habana a entrenar con su compañero de baile de entonces. “Alexánder para mí es el amor, es ese compañero que la vida me dio para cumplir metas juntos, crecer, avanzar, bailar y trascender”, asegura Susana.

“Un sueño cumplido es habernos topado”, agrega la mujer, determinada a conseguir servir a la comunidad desde su arte y a “hacer las cosas bien”, apoyando a este hombre con alma de cineasta que sueña con realizar una película y tener estabilidad económica.

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Alex y Susi cumplieron una ilusión, dirigir una obra a gran escala, esta vez en la ciudad de la luna. Con su puesta en escena clausuraron la semana cultural 2017 organizada por la Alcaldía de Chía, donde los bailarines de Zafra –ensamble de salsa– realizaron un recorrido por la historia de este ritmo desde África hasta Latinoamérica. Cada momento es valioso, cuando se prenden las luces, brillan los vestidos y el escenario, la sensación de nervios, entusiasmo y ansias para salir a escena. Pero todo es efímero, fugaz. El momento de glamour es corto, desagradecido.

La bailarina Gina Medina tenía razón al decir: “tanto trabajo para construir una obra de arte que dura menos que un castillo de arena; obra que permanecerá solo en un recuerdo, una imagen, un espíritu. Tanto trabajo para un poco de poesía”. Solo les queda inmortalizar en la mente la sensación de adrenalina y una satisfacción de estar vivos cuando no quede nada, se acaben los aplausos y se cierre el telón.

 

Fuente: elespectador.com

 

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